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Libres Contra Todo Pronóstico: El “Pueblo Oculto” de Pakayaku Lucha por Mantener Fuera a las Industrias Extractivas de la Amazonía Ecuatoriana

Por Brandi Morin (Cree/Iroquois) 

A orillas del río Bobonaza, en la provincia de Pastaza, Ecuador, se encuentra la “oculta” y próspera comunidad Kichwa de Pakayaku. Ubicada en lo profundo de la Amazonía, llegar a Pakayaku requiere conducir dos horas desde la ciudad de Puyo hasta el puerto fluvial y luego emprender un viaje en canoa de casi dos horas.

La comunidad, compuesta por aproximadamente 3.000 personas, es rica en cultura y tradiciones y se enorgullece profundamente de proteger su territorio de invasores externos, como las industrias extractivas. Hasta ahora, han logrado mantener a la industria fuera de sus tierras gracias a su ubicación aislada, al patrullaje de sus fronteras por parte de guardianes del territorio y a la defensa de sus derechos legalmente protegidos como Nación Indígena. Sin embargo, recientemente la seguridad de Pakayaku ha sido puesta en duda.

Las amenazas que enfrenta Pakayaku se extienden mucho más allá de sus fronteras remotas y alcanzan los niveles más altos del gobierno ecuatoriano. En la ciudad capital de Quito, la administración del presidente Daniel Noboa ha desmantelado sistemáticamente las protecciones ambientales, al tiempo que ha abierto la puerta a actividades extractivas sin precedentes en territorios indígenas. En julio de 2025, Noboa eliminó por completo el Ministerio del Ambiente, integrando sus funciones al Ministerio de Energía y Minas, una medida que, según los conservacionistas, representa “un ataque directo a los derechos de la naturaleza”.

Para Zenaida Yasacama, estos ataques a la soberanía indígena no son debates abstractos de política pública. Son amenazas directas al lugar que la formó. Nacida y criada en Pakayaku, creció bebiendo de los mismos ríos que hoy enfrentan la contaminación, aprendiendo Saberes Ancestrales de los mismos ancianos que le enseñaron a ella y a sus hermanos sobre las medicinas del bosque, y asimilando los valores comunitarios de humildad, lealtad y dignidad que guían cada decisión importante. Cuando dejó Pakayaku para seguir estudiando y, eventualmente, convertirse en la primera mujer en ocupar la Vicepresidencia de la CONAIE, la confederación indígena nacional del Ecuador, llevó consigo la filosofía kichwa de la resistencia.

Ahora, mientras la administración de Noboa desmantela sistemáticamente las protecciones ambientales, Yasacama ha tomado la profunda decisión de regresar a su territorio. Para alguien que pasó años recorriendo los pasillos del poder en Quito, la elección de volver a una comunidad accesible solo por río representa tanto un regreso a casa como un repliegue estratégico hacia la primera línea de defensa territorial. Esta reestructuración del gobierno confirma lo que ella y su pueblo han sospechado durante mucho tiempo: que sus territorios están siendo sacrificados por ganancias económicas de corto plazo. Como la primera mujer en ocupar la Vicepresidencia de la CONAIE, Yasacama pasó su período observando cómo la administración de Noboa erosionaba sistemáticamente los derechos indígenas mientras promovía lo que ella denomina “extractivismo en la sombra”.

“Hemos permanecido siempre firmes contra las actividades extractivistas en nuestro territorio”, explica Yasacama, con una voz que carga el peso de años de lucha en el escenario nacional. “Pero en este momento enfrentamos una gran amenaza por parte del gobierno de Noboa y su gabinete: quieren abrir una gran carretera para la extracción petrolera que atravesará el territorio de Pakayaku”.

La carretera forma parte de una estrategia gubernamental más amplia para abrir tierras Indígenas a la explotación de recursos. De manera paralela, Noboa ha reabierto el catastro de concesiones mineras del Ecuador tras siete años de cierre, buscando activamente atraer inversión internacional en sectores que el gobierno denomina de “alto potencial”, como la minería y el gas natural. El Fondo Monetario Internacional ha respaldado este enfoque, prometiendo apoyo financiero únicamente si Ecuador cumple con criterios de “gasto responsable” que priorizan el crecimiento económico por encima de la protección ambiental.

Pero Yasacama sabe que el verdadero costo de estas políticas va más allá del daño ambiental. “El gobierno sabe perfectamente quién soy”, afirma. “Tal vez empiece a enfrentar persecución política porque conocen todo el trabajo que hemos venido realizando”. Los riesgos son concretos: juicios políticos basados en cargos fabricados, la criminalización de liderazgos que interfieren con proyectos gubernamentales y el encarcelamiento de quienes resisten.

Recientes proyectos de ley gubernamentales, calificados como de “urgencia económica”, han endurecido los controles sobre las organizaciones de la sociedad civil, exigiendo que las ONG y los grupos comunitarios cumplan con protocolos de conflicto de intereses y se registren en bases de datos gubernamentales obligatorias. Los críticos sostienen que estas leyes están diseñadas para perseguir a defensores de derechos humanos y del ambiente, creando obstáculos para los colectivos que buscan enfrentar las amenazas contra áreas protegidas.

La magnitud de la minería ilegal en el Ecuador se ha duplicado desde 2020, con grupos del crimen organizado como Los Lobos controlando operaciones en varias provincias, incluida Napo, donde la minería se ha expandido en 500 hectáreas en tan solo un año. A pesar de esta crisis, la respuesta del gobierno ha sido facilitar una mayor extracción en lugar de fortalecer las protecciones. En marzo de 2024, el presidente Noboa realizó una gira por Canadá con el objetivo específico de promover inversiones mineras, firmando acuerdos con empresas extranjeras mientras comunidades indígenas como Pakayaku enfrentan una presión creciente.

“Pediría a la gente del mundo que considere apoyarnos. Estamos solicitando ayuda internacional para alzar nuestras voces contra esta carretera y otros proyectos que amenazan nuestra existencia”, implora Yasacama. Al hablar sobre su decisión de dejar el liderazgo de la CONAIE, explica: “Quiero enfocarme en el territorio. Quiero abrir el camino para que otras mujeres lleguen a ser no solo vicepresidentas, sino también presidentas. Y quiero formar a más mujeres para que sean capaces de defender nuestras tierras”.

El momento del regreso de Yasacama a Pakayaku es crucial. A medida que el gobierno elimina los mecanismos de control ambiental y acelera los proyectos extractivos, comunidades como la suya deben depender cada vez más de sus propios sistemas de resistencia. La madre de Yasacama fue una lideresa valiente que le enseñó que la acción decidida importa más que el género. “En mi familia hay muchas mujeres que son líderes en sus ámbitos. Esto me ha permitido fortalecerme en mi carrera política y en mis estudios”, afirma.

Ahora, Yasacama lleva esa experiencia de regreso a Pakayaku, donde la filosofía de la invisibilidad debe adaptarse a nuevas formas de extracción promovidas por el Estado. La carretera que amenaza con atravesar su territorio representa más que infraestructura: es un símbolo de la disposición del gobierno a sacrificar la soberanía indígena a cambio del acceso a los recursos. Pero mientras Yasacama se prepara para reunirse con su familia y con el presidente de Pakayaku, Ángel Santi, en la defensa de sus 71.000 hectáreas de territorio ancestral, lleva consigo la convicción de que los movimientos de resistencia pueden surgir desde los rincones más remotos de la Amazonía.

“Pakayaku es una comunidad indígena que está saliendo adelante por sus propios esfuerzos, sin el apoyo de ninguna autoridad política”, dice. “Queremos mostrarnos al mundo como un pueblo que siempre lucha por sus derechos. Nuestro gran sueño es que Pakayaku tenga independencia económica, que sea autónoma en ese sentido”.


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Miembros de la comunidad Pakayaku hacen joyería tradicional.

El frente legal

Desde su oficina en Cuenca, el abogado ambientalista David Fajardo observa con ojo experto el asalto de la administración de Noboa contra los derechos Indígenas. Ha dedicado años a defender protecciones constitucionales que hoy están siendo atacadas de manera sistemática. Como especialista en derechos de la naturaleza y derechos colectivos, y en su trabajo con Kuska Estudio Jurídico, el Cabildo por el Agua de Cuenca y Yasunidos Cuenca, Fajardo representa el frente de resistencia legal del que comunidades como Pakayaku dependen cada vez más a medida que las instituciones estatales les fallan.

“Pakayaku es uno de los principales ejemplos de cómo luchar contra el extractivismo aquí en el Ecuador”, explica Fajardo, con una voz cargada de admiración y urgencia. “Al inicio de los proyectos extractivos en su territorio, no se oponían totalmente. Tenían algunos acuerdos con las empresas petroleras, pero luego se dieron cuenta de que el extractivismo en su tierra destruiría no solo su territorio y sus tradiciones, sino también su forma de vida espiritual: todo lo que habían construido y la manera en que vivían”.

Lo que hace tan significativa la resistencia de Pakayaku, según Fajardo, es la forma en que lograron tener éxito. “El gobierno y las empresas petroleras los superaban en número y poder, pero aun así lograron enfrentar a estos enemigos monstruosos y alcanzar acuerdos alineados con su visión del territorio, alineados con su visión de la vida misma”.

Esta historia de éxito adquiere aún mayor relevancia en el actual panorama jurídico bajo la administración de Noboa. “En este momento estamos enfrentando una situación muy dura porque los intereses económicos, como los de la familia Noboa, se están reorganizando en torno al extractivismo, especialmente al extractivismo minero”, señala Fajardo. “Están tratando de reorganizar el Estado ecuatoriano para poder manejar todos los proyectos mineros aquí en el Ecuador. No les importa la gente. No les importa la naturaleza. Solo les importa el mercado”.

La naturaleza sistémica de esta reestructuración es lo que más alarma a Fajardo. “Ahora las empresas mineras cuentan con todo el respaldo del Estado: de la policía, del ejército. Ya no les importa la Constitución, ni las leyes, ni los derechos humanos ni los derechos de la naturaleza. Si tienen que destruir una comunidad o desplazarla de su propio territorio, lo van a hacer”.

El análisis de Fajardo revela la profundidad de la captura institucional bajo el gobierno de Noboa. “Él controla la Asamblea Nacional, así que todas las leyes que se aprueban ahora son hechas por Daniel Noboa. Controla el Consejo Nacional Electoral, por lo que puede hacer lo que quiera con las elecciones. Está tratando de controlar la administración de justicia. Y ahora está intentando controlar la Corte Constitucional, porque ese es el último obstáculo que enfrenta para tener un control absoluto del Estado”.

Detrás de esta consolidación de poder, Fajardo identifica un motivo claro: “Quiere tener el control de la minería en el Ecuador porque entiende muy bien que los presidentes anteriores intentaron desarrollar la producción petrolera o minera, y él quiere controlarlo todo para sí mismo y para su familia. En realidad, es un dictador”.

A pesar de este diagnóstico sombrío, Fajardo no ha perdido la esperanza. Las comunidades indígenas y sus aliados legales han desarrollado estrategias de resistencia sofisticadas que van mucho más allá del litigio tradicional. “La estrategia más importante es fortalecer la organización indígena”, afirma. “Eso significa articularse con otras organizaciones y construir una red para la defensa del territorio y de los derechos colectivos”.

La estrategia legal, que Fajardo denomina “litigio estratégico”, combina acciones constitucionales con un trabajo organizativo más amplio. “Utilizamos acciones de protección y medidas cautelares, pero alrededor del caso principal también construimos una estrategia de comunicación y ejercemos presión para obtener decisiones administrativas”, explica. Las comunidades también están utilizando las redes sociales para denunciar incursiones del gobierno y de las fuerzas armadas en sus territorios, creando redes de solidaridad internacional que amplifican su resistencia.

Para comunidades como Pakayaku, este marco jurídico ofrece herramientas cruciales para defender sus territorios incluso mientras el gobierno desmantela sistemáticamente las protecciones ambientales. “Los territorios indígenas conservan la naturaleza de manera más efectiva que el gobierno en el resto del territorio ecuatoriano”, afirma Fajardo. “Eso es un hecho que se puede comprobar”.

Este éxito en la conservación surge de lo que Fajardo describe como “una lucha entre dos paradigmas: el paradigma de la vida, de convivir con todos los seres que existen en ese territorio, frente al paradigma capitalista, que cree que la Tierra, los animales y las plantas son solo objetos que pueden sacrificarse”.

Mientras Pakayaku se prepara para enfrentar nuevas amenazas derivadas de proyectos viales impulsados por el gobierno y concesiones extractivas, el trabajo de Fajardo en Cuenca representa la resistencia legal más amplia de la que dependen cada vez más las comunidades indígenas. Su reciente denuncia formal ante la Comisión de Valores de Ontario contra Dundee Metals —la empresa canadiense responsable del controvertido proyecto minero Loma Larga, cerca de Cuenca— demuestra cómo los movimientos de resistencia local están llevando sus luchas a escenarios internacionales.

“No todo está perdido”, insiste Fajardo, con la voz fortalecida. “Seguimos dando la pelea, y estoy bastante seguro de que, al final del día, vamos a ganar esta lucha y a salvar nuestros territorios para todas las personas y todos los seres que viven aquí ahora mismo”.

 

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Guerreros Pakayaku, incluído Olger Manya (derecha), patrullando su territorio.


Los guardianes

Cuando surgen amenazas en el territorio, ya sea por mineros ilegales, investigadores no autorizados o funcionarios del gobierno, los guardianes de la tierra de Pakayaku se movilizan. Tanto hombres como mujeres defensores de la tierra están capacitados para patrullar sus territorios, así como para detener a cualquier visitante no invitado. Olger Manya, un guerrero de 46 años y padre de siete hijos, es un cazador experimentado y defensor de la tierra.

“Hemos capturado a personas vinculadas con el gobierno provincial porque no han cumplido lo que nos prometieron”, dice Manya. “Hasta que firmen acuerdos [con nosotros], los retenemos. Solo cuando firman los liberamos”. Este sistema de aplicación se extiende a todos los niveles de intrusión, desde invasores individuales hasta funcionarios gubernamentales que no cumplen sus compromisos con la comunidad.

Cada tres meses, estos guardianes organizan patrullajes extensos de sus fronteras, pasando hasta un mes en el bosque viviendo de la tierra, tal como lo hicieron sus antepasados. Para Manya, esto representa la continuidad de prácticas que han sostenido a su pueblo a lo largo de la historia. “Para vivir, cazamos y pescamos como lo hicieron nuestros padres y abuelos. He hecho esto toda mi vida”, afirma.

La destreza de Manya en la caza le ha ganado respeto en toda la comunidad, incluido el raro privilegio de poseer dientes de jaguar, un trofeo de un encuentro inesperado en lo profundo del bosque. “No estaba buscando un jaguar. Simplemente apareció por casualidad, así que aproveché el momento”, recuerda. Estos encuentros son extraordinariamente raros, lo que hace que su éxito sea una fuente particular de orgullo y consolida su reputación como cazador hábil.

Pero cazar en Pakayaku implica algo más que habilidad con las armas. “No cazo solo porque necesito cazar”, explica Manya. “Primero necesitas tener un sueño. En ese sueño recibes la llamada. Y en ese momento, vas a cazar”.

Esta dimensión espiritual de la vida en el bosque se manifiesta con mayor claridad en las ceremonias de guayusa de Pakayaku, que se celebran en la oscuridad de la madrugada, antes del amanecer. Los miembros de la comunidad se reúnen en círculos alrededor de fogatas parpadeantes, compartiendo tazones humeantes del té sagrado preparado con plantas del bosque. En estos momentos íntimos, comparten e interpretan los sueños de la noche anterior, visiones que determinan si el día traerá caza y pesca o requerirá quedarse cerca del hogar. Los sueños buenos otorgan permiso para aventurarse en el bosque, mientras que los sueños malos sirven como advertencias para permanecer en la seguridad de la comunidad. El simbolismo es profundo: soñar con un jaguar significa que el soñador pronto se encontrará con alguien que está molesto, enojado y sabio, un recordatorio de que incluso en el sueño, el bosque habla a quienes saben escuchar. Esta dimensión espiritual conecta el trabajo práctico de la defensa territorial con una comprensión cosmológica más profunda de su relación con la tierra.

Cuando se le pregunta por qué protege Pakayaku con tanta dedicación, la respuesta del guerrero es simple y profunda: “Porque soy hijo de esta tierra. Me crié aquí. Nací aquí. Esa es la razón por la que defenderé esta tierra: estoy defendiendo mi tierra”. La pureza de su territorio motiva esta defensa. “Aquí, como puedes ver, no hay contaminación. Esa es la razón por la que la preservamos”.
 

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Gracia Malaover, the captain of the female Indigenous guards in the Pakayaku jungle.


Permaneciendo Ocultos, Manteniéndose Fuertes

Mientras nuestra canoa desaparece río abajo hacia el puerto que conecta a Pakayaku con el mundo exterior, la comunidad vuelve a asentarse en su ritmo de invisibilidad protectora. Pero después de visitar Pakayaku, queda claro que la sofisticada red de resistencia allí se extiende mucho más allá de su territorio remoto, abarcando a defensores legales como Fajardo, redes de solidaridad internacional y alianzas estratégicas con otras comunidades indígenas que enfrentan amenazas similares.

La filosofía de ser un “pueblo oculto”, que ha protegido a Pakayaku durante generaciones, ahora enfrenta su prueba más grande. A medida que el gobierno de Noboa desmantela sistemáticamente las protecciones ambientales y acelera los proyectos extractivos en todo el Ecuador, comunidades como Pakayaku deben equilibrar su invisibilidad tradicional con la necesidad de hacer escuchar su voz en foros nacionales e internacionales.

Pakayaku demuestra que la soberanía indígena requiere tanto un arraigo profundo en la tradición como una adaptación estratégica a las amenazas contemporáneas. La decisión de Yasacama de regresar del liderazgo nacional a la organización comunitaria refleja esta comprensión: que la resistencia más poderosa a menudo comienza en los lugares más remotos.

A medida que el gobierno de Ecuador continúa su ataque contra los derechos indígenas y las protecciones ambientales, el pueblo oculto de Pakayaku ofrece un modelo distinto de supervivencia: uno que demuestra que algunas cosas permanecen fuera del alcance de quienes buscan explotarlas. Su invisibilidad no es debilidad, sino estrategia; su lejanía no es aislamiento, sino protección; su resistencia no es reactiva, sino proactiva.

En un mundo donde los territorios indígenas enfrentan amenazas sin precedentes por parte de industrias extractivas y gobiernos autoritarios, la historia de Pakayaku ofrece tanto inspiración como enseñanza. Demuestran que defender un territorio requiere más que documentos legales o reconocimiento gubernamental. Exige un compromiso profundo que solo puede surgir de generaciones de personas que comprenden que su identidad, su cultura y su futuro son inseparables de la tierra misma.

La niebla que a menudo cubre el territorio de Pakayaku sirve tanto de protección literal como metafórica, permitiéndoles permanecer ocultos ante quienes buscan destruir, mientras se hacen visibles ante quienes quieren defender. Su río sigue corriendo limpio, su bosque permanece intacto, y sus hijos todavía aprenden los nombres de plantas y animales que los forasteros han olvidado. En una era de destrucción ambiental y borrado cultural, esto representa más que resistencia: representa la esperanza misma, fluyendo como el río Bobonaza a través de un territorio que, contra todo pronóstico, sigue siendo libre.

 --Brandi Morin (Cree/Iroquois/French) es una periodista galardonada que informa sobre cuestiones de derechos humanos desde una perspectiva Indígena.


Foto superior: Gracia Malaover, la capitana de las guardias indígenas femeninas en Pakayaku recoge medicinas en la selva de Pakayaku.